Saturday, January 27, 2007

Ultima


“Creo que aprendí a vivir sin joderle la vida a nadie” fue su respuesta, no sonó agrio ni amargo ni risueño, fue una declaración simple de su actualidad y fue de pronto tan reconocible su cara que se me borraron los veinte años de equilibrio y los pulmones me pegaron un portazo y me empezó a picar la sangre mientras rompía el hervor, rompía en llanto y despedazaba mi compostura frente a mi misma que me miraba con cara de pánico, la cara deformada, la cabeza rebanada cayendo a mi pecho llena de gemidos de lava, “hijo de puta, hijo de mil puta, la puta que te parió”, me di la vuelta, con la bisagra en la nuca vencida y alcancé a guardar en la pupila un rastro de horizonte mojado, el pasto a mi paso hacía mucho ruido y sin embargo se veía mas verde que nunca, “crepitar” pensé y lo imagine ardiendo con su manta pegada y su altivez derritiéndose, chorreándole, y “el no emite gemido” – pensé de ésta imagen e inmediatamente se me destaparon los odios y volvió la calma mientras pisaba la piedra que llenaba la entrada del fondo de la casa y divisaba a mi nieta en la ventana a mi derecha, resaltando de su sombra, recortada en la montaña, coronadas de nieve, ignorantes y satisfechas, le tiré unos besos de lejos y seguí caminando hasta alcanzar el auto.

Cuando salí a la carretera marque Bittersweet Symphony, aceleré mientras apagaba el celular y lo tiraba al asiento de atrás, abría el vidrio, dejaba subir la música hasta el techo del auto y gritaba a carcajadas ardientes cantadas “!Cause it´s a bittersweet symphony, this life, …. I ll take you down the only road I ve ever been down. No change, I can´t change I can´t change I can´t change, But I m here in my mould …I m a different people

…..mientras despedazaba mi memoria a violinasos fritos.
Entera.


darko peric

Tuesday, January 23, 2007

RYSZARD KAPUSCINSKI

Pinsk, Bielorrusia (Polonia) 4/03/1932 - Varsovia 23/01/2007

Saturday, January 20, 2007

la pupila

porque tan rara era? con fotos de momentos muertos cubriendo las paredes de su casa, blanco 1935...1943...1063 y negro, totalmente, una pegada a otra, de personas que ya no son y perdieron sus fotos, vendieron, ese dia, el vestido, el pensamiento olvidado retratado inmovilizados en los pulmones.
Moleskines apilados en las escaleras con lineas en declive y botellas de vinos abiertas y cerradas, anaqueladas borrosas de jerez. Sosteniendo paredes amenazadas de suspiros a punta de columnas de hojas leidas, esperas de sentencias agoviada de la misma espera.
Piel dormida se huele en los platos recién lavados y tendidos sobre la mesa en pie a mis rodillas, y en los vasos rastros de limon. Aun no se olle nada y subio a poner musica, ni un murmullo baja por las paredes poseidas de poses.

Obturalización perpetua y ojos cerrados: anotar....

Tuesday, January 02, 2007

El hijo de

Cuando tenía 11 años mi padre me llevo a putas después de un remate de ganado de los que salen en los diarios, fue en Durazno a la salida del pueblo, casi en la carretera como todos los kilombos, donde los autos están estacionados a la vista y paciencia de las mujeres que quieran saber de la ubicación de sus maridos sin ser vistas, entre minas, más de género que de rubro, hay que facilitarse las cosas.

No me dejaba tomar, cosa que desquite lo años venideros, así que tuve que encarar sobrio y cagado de susto a la puta más vieja, la más maternal y la única que quedaba por descarte de patrones a mayordomos y a falta de peones, la que se me asignó.

Mi padre no me miró ni me dio consejos, tampoco estaba haciendo negocios con una ramera, solo conversaba con el dueño de una tropilla, con las botas y el sombrero puesto y un whisky en la mano, hizo un gesto, sacó la billetera y se la pasó a su puta de confianza, ni me miró, vi venir a la cuarentona q me ordenó seguir su culo de yegua preñada, un modelo antiguo, cruzando una galeria hasta la puerta del ultimo cuarto.
De las puertas que ibamos pasando salían ráfagas de olor a aspirina con jabón neutro, a tabaco armado, sudor de caballo y alcohol en piso de baldosas mal lavado.

De ruídos solo el murmullo de madres masivas de perdones milenarios y pieles indiferentes susurrando indecensias, liberación de energía desde los huevos a la traquea, gutural que sale a pesar de los labios mordidos, en aguante, sin grito, ronquidos y rezongos por las propinas, entre dientes.

La cama estaba ocupada, la ventana del cuarto no tenía vidrio y la puerta no tenía puerta, el flaco que dormía con el pantalón a media rodilla y el culo lleno de espinillas al aire era Santiago Brum, unos ocho años más grande que yo, que largaba pinta con mis hermanas en un caballo heredado de su viejo, un matungo que le había costado una millonada al hombre pensando que por lindo era bueno, mal domado y muy corcobero.

Con un empujón mi guia me dejó en el escenario, una vieja estaba con las tetas descubiertas fumando la colilla de un pucho con la ceniza todavía colgando, como toda su piel, de los brazos, de la espalda, del vientre, de la papada y los párpados, olía a goma quemada, me preguntó la edad y se cagó de risa, me puso la cara en su esternón y me dijo “tocáme las tetas mocoso”. Tenían el peso y el tacto de bolsas de nylon a medio llenar de agua aceitosa, no le pregunté nada ni tenía a mano recuerdo posible para salvarle el orgullo, me acordé de mi abuela y la abracé un poco asqueado al principio, le sostuve un rato el culo y me concentré en mantenerme alejado de su aliento mientras me hacía cerrar los ojos para iniciarme, creo que con dos dedos me hizo una paja y salió al paso.

Rasguños

Todas las cicatrices de mis piernas son de tu mudanza a ellas, de los muebles en movimiento, de tu ser esteta y de la pintura que me faltaba cuando me encontraste, no en mis manos, solo en la base del dedo índice de mi izquierda, cuando juntaste mi herida con la tuya como si eso nos cociera, como si alguna vez un pacto de sangre fuera útil, esos que le ponen el color más vivo a la rabia cuando no podes ver la estría, cuando la memoria revienta en síntomas de baja presión.

Como las manos de Rosario y su gran mancha rosada fluorescente, y sus dedos finos, fríos y flotantes siempre sobre la mesa y sin cabeza, sin cuerpo, sin nada, ya hace tanto tiempo que quise tener sus manos porque eran las mejores de la camada, no es más que esa mancha ahora que escribe en cinco idiomas y gana terreno en un cuerpo dormido de abusos, de inocencia escondida en cajas rodeadas de pinos sin maldad y palmeras indiferentes.

Las de la piel entre mis caderas son de otros, amores ciertamente, mareos en metros llenos de gente y olor a abandono como el mío, al ventilado, sin muro pero en pie, a razones para estar y no equivocada, a depósito y ahorro, más a madera cortada que a árbol, a orgasmos de frío acumulado.

Como aquel en Mar del Plata cuando escapaba con rabia de una cabaña, ya no importa porque, en pleno invierno, y la amargura de volver tras un atado de cigarros y tener que digerir el orgullo para olvidar los planes de quebrada intempestiva, de rápidos sin ramas y con muchas piedras, todo en la inconciencia de un orgasmo sin excusa.