Cuando tenía 11 años mi padre me llevo a putas después de un remate de ganado de los que salen en los diarios, fue en Durazno a la salida del pueblo, casi en la carretera como todos los kilombos, donde los autos están estacionados a la vista y paciencia de las mujeres que quieran saber de la ubicación de sus maridos sin ser vistas, entre minas, más de género que de rubro, hay que facilitarse las cosas.
No me dejaba tomar, cosa que desquite lo años venideros, así que tuve que encarar sobrio y cagado de susto a la puta más vieja, la más maternal y la única que quedaba por descarte de patrones a mayordomos y a falta de peones, la que se me asignó.
Mi padre no me miró ni me dio consejos, tampoco estaba haciendo negocios con una ramera, solo conversaba con el dueño de una tropilla, con las botas y el sombrero puesto y un whisky en la mano, hizo un gesto, sacó la billetera y se la pasó a su puta de confianza, ni me miró, vi venir a la cuarentona q me ordenó seguir su culo de yegua preñada, un modelo antiguo, cruzando una galeria hasta la puerta del ultimo cuarto.
No me dejaba tomar, cosa que desquite lo años venideros, así que tuve que encarar sobrio y cagado de susto a la puta más vieja, la más maternal y la única que quedaba por descarte de patrones a mayordomos y a falta de peones, la que se me asignó.
Mi padre no me miró ni me dio consejos, tampoco estaba haciendo negocios con una ramera, solo conversaba con el dueño de una tropilla, con las botas y el sombrero puesto y un whisky en la mano, hizo un gesto, sacó la billetera y se la pasó a su puta de confianza, ni me miró, vi venir a la cuarentona q me ordenó seguir su culo de yegua preñada, un modelo antiguo, cruzando una galeria hasta la puerta del ultimo cuarto.
De las puertas que ibamos pasando salían ráfagas de olor a aspirina con jabón neutro, a tabaco armado, sudor de caballo y alcohol en piso de baldosas mal lavado.
De ruídos solo el murmullo de madres masivas de perdones milenarios y pieles indiferentes susurrando indecensias, liberación de energía desde los huevos a la traquea, gutural que sale a pesar de los labios mordidos, en aguante, sin grito, ronquidos y rezongos por las propinas, entre dientes.
La cama estaba ocupada, la ventana del cuarto no tenía vidrio y la puerta no tenía puerta, el flaco que dormía con el pantalón a media rodilla y el culo lleno de espinillas al aire era Santiago Brum, unos ocho años más grande que yo, que largaba pinta con mis hermanas en un caballo heredado de su viejo, un matungo que le había costado una millonada al hombre pensando que por lindo era bueno, mal domado y muy corcobero.
Con un empujón mi guia me dejó en el escenario, una vieja estaba con las tetas descubiertas fumando la colilla de un pucho con la ceniza todavía colgando, como toda su piel, de los brazos, de la espalda, del vientre, de la papada y los párpados, olía a goma quemada, me preguntó la edad y se cagó de risa, me puso la cara en su esternón y me dijo “tocáme las tetas mocoso”. Tenían el peso y el tacto de bolsas de nylon a medio llenar de agua aceitosa, no le pregunté nada ni tenía a mano recuerdo posible para salvarle el orgullo, me acordé de mi abuela y la abracé un poco asqueado al principio, le sostuve un rato el culo y me concentré en mantenerme alejado de su aliento mientras me hacía cerrar los ojos para iniciarme, creo que con dos dedos me hizo una paja y salió al paso.
De ruídos solo el murmullo de madres masivas de perdones milenarios y pieles indiferentes susurrando indecensias, liberación de energía desde los huevos a la traquea, gutural que sale a pesar de los labios mordidos, en aguante, sin grito, ronquidos y rezongos por las propinas, entre dientes.
La cama estaba ocupada, la ventana del cuarto no tenía vidrio y la puerta no tenía puerta, el flaco que dormía con el pantalón a media rodilla y el culo lleno de espinillas al aire era Santiago Brum, unos ocho años más grande que yo, que largaba pinta con mis hermanas en un caballo heredado de su viejo, un matungo que le había costado una millonada al hombre pensando que por lindo era bueno, mal domado y muy corcobero.
Con un empujón mi guia me dejó en el escenario, una vieja estaba con las tetas descubiertas fumando la colilla de un pucho con la ceniza todavía colgando, como toda su piel, de los brazos, de la espalda, del vientre, de la papada y los párpados, olía a goma quemada, me preguntó la edad y se cagó de risa, me puso la cara en su esternón y me dijo “tocáme las tetas mocoso”. Tenían el peso y el tacto de bolsas de nylon a medio llenar de agua aceitosa, no le pregunté nada ni tenía a mano recuerdo posible para salvarle el orgullo, me acordé de mi abuela y la abracé un poco asqueado al principio, le sostuve un rato el culo y me concentré en mantenerme alejado de su aliento mientras me hacía cerrar los ojos para iniciarme, creo que con dos dedos me hizo una paja y salió al paso.


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