Monday, April 23, 2007

Pulmonar

Le nombraron Tiempo de apellido Pereda Vilar.
Fue hijo tardío de padre jubilado y madre ama de casa.
A la edad de veinticinco enterró al último de sus progenitores, su padre.
Estudiante con buenas notas, gran deportista, indiferente a los traumas terminó el colegio con diecisiete y se graduó de arquitecto con veinticuatro. Muy bueno por lo demás.
Cuando lo conocí tenía el alma unida con alambres de estaño. En manos ajenas se había roto, partido, hecho trizas glaseadas y de las mías, descuidadas, resbaló hasta mis pies logrando que mi espina se clavara una y otra vez entre mis omoplatos y mi coxis en el esfuerzo sacrosanto de volverla a mi cuerpo.
“Pereda!!” gritó mi amigo y yo cortésmente despegué lo factible mi cola de la silla hasta topar la falda con la mesa para saludarlo sin atenderlo.
Estaba yo tan absorta en mi.
Me adoraba por eso.
No veía más que placas a mi alrededor y odiosas servilletas de papel. Las odio.
Un otro día me invito a salir y fuimos a una obra en construcción.
Fuimos a su casa que era una caja con estantes.
Y a su cama, un volcán al vacío.
Hizo maravillas con mi alma y nos olvidamos por siempre el uno del otro hasta las tres en punto de la madrugada de hoy.

1 comment:

Anonymous said...

los volcanes pueden ser las camas mas frias de los que esperan

y las amacas de los que desesperan


como siempre me impresionas