Wednesday, August 15, 2007

PADRE/HIJA

─ El tiempo debería ser diferente para los hombres.
Dijo el anciano sentado a contraluz, no se le veían los rasgos pero se adivinaba la edad por el pasar de la luz en sus canas.
─ ¿Cuáles hombres se merecen un tiempo diferente?
─ Los agónicos...
─ ¿Sus minutos deberían durar más o menos?
─ Su tiempo debería ser un reloj de sol.
─ ¿Y si agonizan a la noche papá?
El hombre dejó que su cabeza cayera como vencida, de venas inconclusas.
─ Se les debería permitir suspender el tiempo y retomarlo al despertar.
─ Si no mueren mientras duermen…
Yo terminaba en ese momento de tender la cama y los miré con signo de interrogación en las cejas, el hombre seguía absorto en su sombra y su hija miraba la lucha de sus dedos por escapar de los anillos artesanales que los oprimían.
─ Entonces serian el tiempo el que muere de agonía.
─ ¿Pero no dicen que es el tiempo el que cura? El semblante de la mujer era indolente.
─ Hablan de tiempos pasados, los recuerdos a destiempo. De los que quedan, del propio tiempo desconsolado, casi humano.
─ Del tiempo infantil, ¿no? El espacio que ellos cuentan entre dos hechos son siglos, como entre cumpleaños, como cuando te fuiste en ese viaje en barco.
─ Si, como el regreso, como tu madre, como oler el atardecer o lamer un vidrio, como el rastro de un olor en un objeto que se funde con el agua de los ojos y se evapora.
─ Como querer robarle tiempo al tiempo, o hacerlo y perderlo.
─ ¿Lo acuesto Señor?
─ Si, si, papá yo me tengo que ir. El próximo domingo vengo.
─ ¿Y tu madre?
─ ¡Ay papa!
─ ¿Va a comer Señor?
─ No aún, voy a leer un momento, hasta que se vaya el sol. Dijo el padre recostándose, su hija le pasó un libro de la mesa de luz y le beso la frente.
Me acerque a la ventana y pude ver el viento, cuando giré luego de cerrarla, el hombre dormitaba con un dedo señalando la página número sesenta y dos donde leí:

“Hay días en que el tiempo se cansa y se queda rezagado, resoplando sin aire como de subir cuestas infinitas llenas de remolinos y horizontes de montañas rusas, con ganas de apagar su taquicardia y de tomarse a si mismo, y otros, en que agotada la paciencia y a sabiendas de todos los finales de todas las historias usa flechas minuteras para dar en las horas cociendo hechos indiferentes, y hay momentos como este, en que respiro por todo el cuerpo y bajo el agua, apenas, y tan suficiente como para seguir siendo transparente, amniótica, esdrújula …”

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