Todas las cicatrices de mis piernas son de tu mudanza a ellas, de los muebles en movimiento, de tu ser esteta y de la pintura que me faltaba cuando me encontraste, no en mis manos, solo en la base del dedo índice de mi izquierda, cuando juntaste mi herida con la tuya como si eso nos cociera, como si alguna vez un pacto de sangre fuera útil, esos que le ponen el color más vivo a la rabia cuando no podes ver la estría, cuando la memoria revienta en síntomas de baja presión.
Como las manos de Rosario y su gran mancha rosada fluorescente, y sus dedos finos, fríos y flotantes siempre sobre la mesa y sin cabeza, sin cuerpo, sin nada, ya hace tanto tiempo que quise tener sus manos porque eran las mejores de la camada, no es más que esa mancha ahora que escribe en cinco idiomas y gana terreno en un cuerpo dormido de abusos, de inocencia escondida en cajas rodeadas de pinos sin maldad y palmeras indiferentes.
Las de la piel entre mis caderas son de otros, amores ciertamente, mareos en metros llenos de gente y olor a abandono como el mío, al ventilado, sin muro pero en pie, a razones para estar y no equivocada, a depósito y ahorro, más a madera cortada que a árbol, a orgasmos de frío acumulado.
Como aquel en Mar del Plata cuando escapaba con rabia de una cabaña, ya no importa porque, en pleno invierno, y la amargura de volver tras un atado de cigarros y tener que digerir el orgullo para olvidar los planes de quebrada intempestiva, de rápidos sin ramas y con muchas piedras, todo en la inconciencia de un orgasmo sin excusa.
Tuesday, January 02, 2007
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1 comment:
el orgullo de los mareos
definen los terremotos del mundo
me encantas como escribes
saludos
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